Capilla Croata San Antonio
AtrásLa Capilla Croata San Antonio se erige como una de las capillas más singulares del territorio cordobés, con una historia atravesada por la inmigración, la guerra y la resiliencia de una comunidad que supo levantar un templo en medio de la llanura pampeana. Ubicada en la localidad de Miramar de Ansenuza, en el departamento San Justo de la provincia de Córdoba, esta pequeña construcción religiosa constituye un testimonio tangible del paso de los frailes franciscanos croatas que llegaron a la Argentina tras la Segunda Guerra Mundial.
Su origen se remonta a mediados del siglo XX, concretamente a 1957, cuando los padres franciscanos de origen croata edificaron este espacio sagrado para acompañar a un grupo de niños huérfanos europeos que habían encontrado refugio en el país. Se trata, según los registros históricos, de la primera parroquia de tradición croata construida en la provincia de Córdoba y la segunda en todo el territorio argentino. La orden franciscana permaneció activa en el lugar hasta la década de 1970, momento en que la capilla comenzó un lento proceso de deterioro.
Durante aproximadamente 33 años, la construcción permaneció cerrada y abandonada, sufriendo además los embates de las inundaciones que afectaron a la región de la Laguna Mar Chiquita. El edificio, edificado con aportes de toda la sociedad miramarense, quedó reducido a ruinas en varios de sus sectores. Recién hacia 2016, gracias al trabajo conjunto de los vecinos y la Cooperativa Eléctrica local, se concretó una restauración integral que devolvió a esta joya arquitectónica su fisonomía original. Desde entonces, las puertas de la Capilla Croata San Antonio volvieron a abrirse al público.
En cuanto a su estilo arquitectónico, diferentes visitantes han señalado que la construcción presenta rasgos eclécticos, propios del campo croata, con ciertas reminiscencias góticas que le otorgan un aire distintivo entre las iglesias rurales de la zona. Se trata de una construcción pequeña y pintoresca, de fachada sencilla pero cuidada, que contrasta con la inmensidad del paisaje que la rodea. En su interior, prevalece un ambiente despojado y sobrio, con pocas imágenes entre las que se destaca, naturalmente, la figura de San Antonio, patrono del templo. Algunos visitantes también han reportado la presencia de estatuillas antiguas, reliquias que sobrevivieron al paso del tiempo y a los daños provocados por el agua.
Uno de los aspectos más valorados por quienes llegan hasta este punto de Miramar de Ansenuza es, sin dudas, su carga simbólica. La parroquia funciona como un recordatorio físico del drama humano que significó la Segunda Guerra Mundial y de la solidaridad que el pueblo argentino supo ofrecer a quienes huían del conflicto. Resulta particularmente emotivo imaginar que detrás de esos muros se alojaron niños eslavos, austríacos y yugoslavos que perdieron a sus familias en el conflicto bélico. El sacerdote a cargo del templo, según han relatado algunos turistas, suele impartir una bendición especial a los visitantes, un gesto sencillo pero significativo que refuerza el carácter hospitalario del lugar.
En lo que respecta a la experiencia de visita, hay varios puntos que conviene tener en cuenta antes de emprender el viaje. La Capilla Croata San Antonio actualmente abre sus puertas al público los días viernes, sábados y domingos en el horario de 9:00 a 13:00, aunque algunas reseñas mencionan variaciones en este esquema, sugiriendo que el horario podría extenderse hasta las 14:00 los fines de semana y feriados. Durante el resto de la semana, el templo permanece cerrado, lo cual ha generado frustración entre viajeros que llegan desde lejos y se encuentran con la puerta cerrada. Este es uno de los puntos que más críticas ha recibido el sitio: la limitación en los días y horarios de apertura y la falta de cartelería informativa en el lugar que indique los horarios actualizados de misas y visitas.
Otro aspecto destacado por los visitantes es la ubicación. La capilla se encuentra algo alejada del centro de Miramar de Ansenuza, en las cercanías del mítico Gran Hotel Viena, una ruina emblemática de la localidad con una historia ligada al capital alemán de principios del siglo XX. Quienes deciden caminar hasta el templo aprovechan el trayecto para recorrer ambas joyas patrimoniales. Además, descendiendo por la calle principal se accede a la costa de la Laguna Mar Chiquita, uno de los espejos de agua salada más extensos del país, donde es posible avistar flamencos y observar los restos de las construcciones que la creciente del lago se llevó consigo.
Sobre el estado de conservación, las opiniones recogidas son mayoritariamente positivas. Quienes han logrado ingresar destacan la limpieza del lugar, el cuidado de los detalles y la sensación de paz interior que transmite el ambiente. No obstante, algunos visitantes han notado que en ciertos sectores la pintura exterior ha comenzado a descascararse nuevamente, lo que sugiere que las tareas de mantenimiento deberían ser periódicas para evitar el deterioro. También se ha mencionado la ausencia de ventiladores en el interior, algo a considerar en los meses de calor, dado que el verano en la región suele ser particularmente agobiante.
El acceso al templo es libre y gratuito. Si bien no se cobra entrada, los visitantes pueden dejar una colaboración voluntaria que ayuda a sostener las tareas de mantenimiento. En algunas ocasiones, hay una señora encargada de recibir a los turistas y entregar un pequeño papel con la historia del lugar, un detalle que ha sido muy apreciado por quienes buscan profundizar en el relato de esta parroquia. Sin embargo, no todas las experiencias en este punto han sido positivas: al menos un visitante ha relatado haber recibido un trato poco amable por parte de la persona encargada de recibir las donaciones, lo que sugiere la necesidad de capacitar al personal o en la atención al turista.
Para quienes planean una visita, resulta recomendable consultar previamente los horarios actualizados, ya sea contactando a la Secretaría de Turismo de Miramar de Ansenuza o mediante fuentes oficiales. La Capilla Croata San Antonio constituye una parada obligada dentro del circuito histórico de la localidad, no solo por su valor arquitectónico, sino por la profunda huella humana que lleva impresa en sus paredes. Es un lugar que invita a la reflexión y al recogimiento, ideal para quienes disfrutan de la historia, la tranquilidad y los destinos con identidad propia.
En definitiva, este rincón de Miramar de Ansenuza ofrece al visitante la posibilidad de conocer una de las iglesias más singulares de la provincia de Córdoba, atravesada por una historia que conecta dos continentes y dos siglos. Sus fortalezas radican en la riqueza de su pasado, su impecable restauración y el entorno natural privilegiado que la rodea. Sus debilidades, en tanto, se concentran en los horarios limitados de apertura, la escasez de señalización y ciertos aspectos de la atención al público. Visitarla es, de todos modos, una experiencia que difícilmente se olvida, sobre todo cuando se comprende el papel que cumplió como refugio y hogar para los niños que llegaron desde un continente devastado por la guerra.