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Basílica y Convento de San Francisco de Asís

Basílica y Convento de San Francisco de Asís

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Basilica de San Francisco, Adolfo Alsina 380, C1087AAD Cdad. Autónoma de Buenos Aires, Argentina
Atracción turística Basílica Iglesia
9.2 (1537 reseñas)

La Basílica y Convento de San Francisco de Asís se erige sobre la calle Adolfo Alsina 380, en el barrio de Monserrat, como uno de los testimonios más antiguos de la arquitectura religiosa porteña. Su historia se entrelaza con la propia fundación de Buenos Aires, ya que los terrenos fueron cedidos a la orden franciscana por Juan de Garay en 1580, apenas tres años después de la segunda fundación de la ciudad. La parroquia primitiva comenzó a levantarse en 1583 con materiales modestos, pero el terremoto de 1948 y los incendios que asolaron la ciudad a lo largo de los siglos obligaron a sucesivas reconstrucciones hasta configurar el edificio que se admira hoy.

La estructura actual corresponde en gran medida al proyecto del arquitecto jesuita Andrés Blanqui, quien dirigió las obras entre 1731 y 1754. El mismo Blanqui dejó su sello en otros templos emblemáticos de la ciudad, como la Iglesia de San Ignacio de Loyola, la Iglesia del Pilar en Recoleta y el histórico Cabildo de Buenos Aires. Sin embargo, la fachada que identifica a la basílica en la memoria colectiva es producto de una intervención posterior, realizada entre 1907 y 1911 por el arquitecto Ernesto Sackmann, quien imprimió un singular estilo barroco bávaro con cúpulas denominadas “acebolladas” por su forma bulbosa característica.

Uno de los elementos más llamativos del exterior es el conjunto escultórico que corona la fachada, obra del artista Antonio Voegele. En él se representa a San Francisco de Asís acompañado por tres figuras ilustres: el poeta Dante Alighieri, el pintor Giotto y el navegante Cristóbal Colón, arrodillado. Los cuatro pertenecieron a la Tercera Orden Franciscana, lo que otorga a la composición un profundo valor simbólico dentro de la tradición católica. La basílica comparte el atrio con la Capilla de San Roque, una construcción del siglo XVIII declarada Monumento Histórico Nacional en 1942, lo que convierte a toda la manzana en una verdadera joya del patrimonio cultural argentino.

El interior del templo sorprende por su nave única de aproximadamente 90 metros, considerada la más larga de la Ciudad de Buenos Aires. Los pisos de mosaico de gres cerámico de origen británico, con composiciones geométricas y ornamentales de estilo victoriano y neogótico, se extienden a lo largo del recorrido creando una atmósfera singular. Las llamadas “falsas cortinas” de estuco que adornan los arcos laterales constituyen un recurso decorativo único, mientras que el púlpito rococó tallado por Isidro Lorea se erige como una verdadera obra maestra del arte sacro. La acústica del recinto, según coinciden quienes han asistido a conciertos en su interior, posee una reverberación notable que llena el espacio sin perder claridad en las notas.

En 1955, durante los episodios conocidos como la “quema de iglesias”, la basílica sufrió pérdidas casi totales de su mobiliario. El fuego consumió el retablo guaraní, un órgano de 1772 y más de 30.000 libros que habían pertenecido a figuras de la talla de Mariano Moreno y Bartolomé Mitre. La reconstrucción se extendió hasta 1963, momento en el que se colocó sobre el altar mayor un impresionante tapiz de Horacio Butler titulado “La Glorificación de San Francisco”. Con 12 metros de alto por 8 de ancho y un peso aproximado de 300 kilogramos, esta pieza tejida en una sola tirada es considerada la más grande de Sudamérica y la segunda a nivel mundial. Representa a San Francisco rodeado de naturaleza, con un árbol de la orden franciscana que florece a los pies de la Virgen María, simbolizando la conciliación entre opuestos.

Una de las anécdotas más fascinantes del lugar salió a la luz en 2007, cuando durante tareas de restauración se descubrió una cápsula del tiempo oculta dentro de la cabeza de la estatua de Dante Alighieri. En su interior se hallaron una lata de té con monedas de la época, diarios fechados en 1908 y una carta manuscrita del escultor Antonio Voegele dirigida a quien encontrara sus escritos en el futuro. Este hallazgo refuerza el carácter de patrimonio vivo de la basílica, donde cada rincón guarda un fragmento de la memoria colectiva.

A partir de 2017, la Manzana Franciscana fue sometida a un minucioso proceso de restauración integral que se extendió durante siete años. Los trabajos permitieron consolidar la estructura, recuperar los vitrales y devolver a la iglesia su luminosidad original. Quienes visitaron el sitio antes y después de esta intervención coinciden en señalar el cambio radical que experimentó el edificio religioso, que hoy luce con un brillo renovada en pleno Casco Histórico porteño. Las intervenciones se realizaron con criterios respetuosos del patrimonio, manteniendo la esencia del diseño original.

El Complejo incluye además el Museo del Convento Franciscano, donde se conservan piezas de gran valor histórico y artístico que reflejan la influencia de la orden franciscana en la cultura argentina. Los visitantes pueden realizar recorridos guiados que permiten conocer la capilla de San Roque, las dependencias del convento y el museo en una visita que suele extenderse por varias horas. Los frailes también ofrecen a la venta productos elaborados por ellos mismos, como miel, polen, jalea real y cremas de alta calidad, una forma de sostenericamente la obra del convento.

En cuanto a la organización de la actividad litúrgica, la basílica atiende a los fieles de martes a viernes en horario matutino, mientras que los domingos abre sus puertas por la tarde. Los sábados, el acceso se limita al horario vespertino de la misa. Durante los años en que el templo permaneció cerrado por las obras, las celebraciones se trasladaron a la Capilla de San Roque, que mantiene su independencia funcional y conserva un encanto particular por su escala más íntima. La entrada al recinto es libre y gratuita, lo que facilita el acceso tanto de fieles como de turistas.

Su ubicación resulta estratégica para combinar con otros puntos de interés del Casco Histórico. A pocas cuadras se encuentran la Plaza de Mayo, la Casa Rosada, el Cabildo y la Catedral Metropolitana, lo que permite recorrer en una sola jornada algunos de los hitos más representativos de la historia argentina. Durante la Noche de los Templos, evento anual que abre las puertas de los principales edificios religiosos de la ciudad, la basílica recibe a miles de personas que aprovechan para conocer su interior fuera del horario habitual.

Entre los aspectos que los visitantes mencionan como menos favorables se encuentran la limitación de horarios en ciertos días de la semana, la posibilidad de encontrar el templo cerrado durante eventos especiales o misas, y un sistema de sonido que en ocasiones no acompaña la majestuosidad del espacio. También se señala que la señalización histórica del museo podría enriquecerse con más explicaciones sobre las piezas exhibidas. No obstante, la enorme mayoría coincide en que la experiencia de recorrer la basílica resulta altamente satisfactoria, especialmente por la calidad estética del tapiz, la imponencia de la nave central y el valor simbólico del conjunto.

Con más de cuatro siglos de historia, esta basílica continúa siendo un punto de referencia obligado para quienes buscan conectar con la espiritualidad, la arquitectura religiosa y la memoria de Buenos Aires. Declarada Monumento Histórico Nacional, se proyecta hacia el futuro como un espacio vivo de culto, oración y tradición, capaz de articular el pasado colonial con la dinámica de una metrópoli contemporánea. Acercarse a sus puertas es asomarse a una página abierta de la identidad porteña, donde la fe, el arte y la historia se dan la mano en un mismo escenario.

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